-- El púlpito y el claustro --



El púlpito y el claustro
Junto con la espada, vino la cruz. Acompañando a las expediciones de Diego de Almagro y Pedro de Valdivia llegaron los primeros sacerdotes, pertenecientes a la Orden de la Merced. En el transcurso del siglo XVI, se instalaron en el país nuevas órdenes religiosas, como los dominicos y franciscanos, que junto con los mercedarios alzaron los primeros conventos en Chile. Además de combatir con las precarias condiciones materiales que les imponía el nuevo territorio, la actividad misionera de los frailes tuvo que hacer frente a la hostilidad de la población indígena, en especial en la zona sur del país. La labor misionera, prioridad en los primeros años de la conquista, se complementaba con la enseñanza, especialmente la de los jóvenes que se preparaban para la vida religiosa y que no tenían cómo costear los gastos de su educación. En 1593 llegaron los primeros sacerdotes de la Compañía de Jesús, orden que llegaría a ser una de las más influyentes en los dos siglos sucesivos, instalando misiones, colegios y conventos en todo el país, fomentando la enseñanza y adoptando una política de protección a la población indígena.

Durante el siglo XVII, el clero regular superaba en número a los religiosos seculares. Los frailes de las distintas reglas gozaban de gran popularidad en la sociedad chilena, la que les favorecía con sus limosnas, donaciones y herencias. De este modo, los conventos se multiplicaron con tal celeridad por el territorio chileno que el Rey, en un intento por normar la situación, prohibió las nuevas edificaciones, so pena de demoler los conventos levantados sin su autorización.

Desde comienzos del siglo XVIII, la vida de los misioneros -el oficio de párrocos y la residencia en pequeños conventos- comenzó a exhibir cierto grado de debilitamiento en la disciplina y en el rigor de la vida monástica de un buen número de órdenes religiosas. Por otra parte, la sociedad colonial, aunque profundamente religiosa, se inmiscuyó demasiado en los asuntos domésticos de los conventos, llegando incluso a participar en la elección de los superiores de los mismos. La excepción fueron los jesuitas, los que se dedicaron con fervor al estudio, la oración y la enseñanza, manteniendo de este modo una decisiva influencia en nuestra sociedad. Y fue precisamente esta influencia en la sociedad de la época, la que en parte determinó a la corona española a expulsar de todos sus dominios a la Compañía de Jesús. La orden real fue cumplida, y Chile -como el resto de América- vio detenerse el proceso misionero y cultural que habían emprendido los jesuitas.

Con la intención de poner freno al debilitamiento espiritual que afectaba al clero chileno, las autoridades eclesiásticas emprendieron un conjunto de iniciativas tendientes a restablecer el orden y disciplina al interior de los conventos. El obispo Manuel de Alday convocó a un Sínodo Diocesano en 1763 y emprendió enérgicas medidas para lograr una reforma del clero regular. La reforma eclesiástica no se limitó sólo a los claustros, sino que intentó extenderse al conjunto de la sociedad a través de la prédica y la acción directa de la Iglesia.

En relación con las órdenes de religiosas, hacia 1754 existían conventos repartidos por el territorio, especialmente entre Santiago y Concepción, quienes también se dedicaban a la instrucción de las hijas de las familias acomodadas. Estas eran de las Agustinas, Clarisas de Nuestra Señora de la Victoria, Claras, Carmelitas de San José y Capuchinas. Más tarde se fundaron las Dominicas de Santa Rosa, las Carmelitas de San Rafael y la Compañía de María.

 


Fuente: www.memoriachilena.cl.





 
 
   

 
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"El que ejerce el poder en la Iglesia tiene que estar extraordinariamente atento a la voz del Espíritu, a fin de no contagiarse con el espíritu del mundo, que lleva a ejercer el poder en forma dictatorial, sin disposición a aprender de los súbditos, como si la Iglesia fuera una pirámide en que todo viene de la Jerarquía, cuando en realidad es un pueblo animado en todas sus partes por el Espíritu...No me parece sano para la Iglesia que se cree un clima en que la crítica aparezca casi como una herejía o una división cismática...En la Iglesia hay pecado, y no sólo el de los miembros individuales, sino también el de estructuras de pecado que pueden institucionalizarse en su seno, de modo que la crítica certera debe ser recibida como un bien, como una corrección fraterna y Salvadora".
Sergio Silva, sacerdote


Esas son parte de las declaraciones del cura Sergio Silva que alguna vez se leyeron en la revista cristiana “Mensaje”. Claramente, la lucidez de Silva respecto al problema interno que aquejaba a la Iglesia de Dios era totalmente reveladora. La falta de crítica de la misma y el ejercicio de un sobrepoder respecto a la fe caló hondo entonces. Sus críticas hacen referencia casi inmediata a los altos cargos eclesiásticos: el Obispo, el Episcopado y, por qué no decirlo, el Papa. Y ¿es que se puede hablar de religión sin hablar de Iglesia, de católicos o de curas?

La religión en Chile tiene una clara connotación transgresora respecto a las decisiones importantes y las políticas que implementa el Estado. Un ejemplo de ello lo vivimos hace poco, con la llamada píldora del día después, cuando la voz alzada de las autoridades del catolicismo chileno hicieron añicos la propuesta de Postinor para todas las mujeres. Y es que después de décadas de la separación Iglesia-Estado, la religión en nuestro país se sigue sintiendo omnipresente, con derecho a influir hasta en lo más mínimo, a elevar la voz frente a todo. Todos los organismos e instituciones tienen la libertad de dar su opinión y poder declarar su oposición frente a algo que no le parezca. Pero pretender influir y desviar decisiones y políticas que se necesitan por no ser del todo "cristianas" ya ha demostrado no ser del todo eficiente ¿Dónde queda el respeto por los que no profesan la religión católica? ¿Dónde queda el respeto por la diversidad y por el que profesa un credo distinto? Si no son los hombres los que deciden sobre su fe, ¿quiénes son?

Para empezar el debate podríamos hacer, primeramente, la distinción entre la religión como doctrina y la religión como práctica, entendiéndola como religiosidad popular. Al ir al primer punto, encontramos que en nuestro país, según el Censo del 2002, el 70% de la población profesa la religión católica, el 15.1% es evangélico o protestante, otras prácticas religiosas están en un 4.4% y un 8.3% se declara sin religión, ateo o agnóstico.

Según un estudio académico de opinión pública, tres de cada cuatro chilenos se considera católico. Sin embargo, era abrumador el respaldo a la ahora ya ley de divorcio, inesperado para muchos el que hay sobre el aborto, y mayor aún la de inasistencia al templo y la deslegitimación respecto a los dogmas que regulan los nacimientos y la sexualidad ¿Es la nueva oleada de cristianos católicos, que cree en Dios pero no en la Iglesia?

Los más jóvenes no encuentran válida la postura que tiene la Iglesia respecto a la sexualidad. Las vocaciones sacerdotales son cada vez menos. Pero nadie se atreve a entablar un debate para hacer revisión del problema que vive la Iglesia y la religión hoy, que implícito como está en debate político, es parte intrínseca de los chilenos, de cualquier credo y hasta de los que se consideran no creyentes.
Hoy religión y fe son sinónimos de pasividad. No hay discusión, no hay crítica ni autocrítica. El problema actual de la religión en Chile es la imposibilidad de "mirarse al espejo", consciente de los problemas actuales, que los más osados sacerdotes católicos llaman un cisma religioso de imprevisibles consecuencias.




Dentro de la Iglesia no hay discrepancias públicas, no hay un desacuerdo que se avale en pos de la diversidad y la justicia, de exponer y abanderizarse por algo que se cree justo. Se podía o no estar de acuerdo con el arzobispo ultraconservador de los 80´ Marcel Lefevre, pero independiente a su ideología hizo manifiesta a destajo sus desavenencias con la Iglesia tradicional.

Ahora es más fácil para los cristianos cambiar de religión que instaurar un debate respecto a la fe y las prácticas de estas. Los que emigran desde la católica dicen hacerlo porque buscan ser tomados en cuenta para elaborar respuestas a los problemas del hombre a través del Evangelio. Pero entrar a cuestionares sigue siendo apara muchos lo menos usual. La gran mayoría se limita a asistir de vez en cuando a la Misa, a dar ese porcentaje que se les pide o a hacer algún trabajo "social".

Hace casi 15 años, el obispo católico Jorge Hourton planteó su impresión respecto a la gente que conducía la iglesia. Dijo, en su hipótesis, que existían dos vertientes distintas, que él llamó eclesiologías, que se dan al mismo tiempo. Casi de manera visionaria categorizó a la primera en lo referente a lo oficial de la teología, los postulados, las normas y los estudios; y una segunda que apela a la cultura religiosa cristiana, la misma conformada y vivida por el pueblo, con sus creencias, virtudes y defectos. Señaló que la segunda acoge la postura de la primera, pero también genera sus propias críticas.

Tan claro estaba el obispo, que no se halló nada mejor que relegarlo a algún pueblo confinado, no dejando espacio para instaurar el debate respecto a un tema que mostraba sólo la punta del iceberg que configura ahora el gran problema de la religión en Chile.

Y es que una de las principales críticas que se hace en estos tiempos a las diferentes prácticas de los fieles es que cuando todas las líneas de pensamiento apuntan hacia una pluralidad de las formas de pensar y la revaloración de las identidades, es decir, hacia una descentralización de los poderes y las creencias; la religión en nuestro país tiende a concentrarse cada vez más, impulsando el centralismo y la unidad en torno a una figura única que, por supuesto, hace las veces de representante de Dios.

La revista "Mensaje", la misma fundada por el ahora santo Alberto Hurtado, hace ya años hacía eco de los albores de este cisma interno. Así fue como ilustrados sacerdotes escribieron artículos críticos del momento "con cariño hacia la iglesia pero con respeto por el servicio". Pero después de esos osados, ¿Quién más dio luces de que sí existía un problema con la forma de conducir la fe?

El problema de la Iglesia es encerrarse y ocultar que hay problemas, anular la posibilidad de que un debate dé luces de las soluciones que hagan converger esas dos vertientes eclesiásticas que hasta hoy parecen imposibles de encontrarse.

Lo principal es que en el ámbito público, sobre todo en el espacio universitario, está ocurriendo un debate respecto a la sociedad que queremos y que estamos construyendo donde, por supuesto, la Iglesia no está ausente. Para muchos, este debate se ha traducido en torno a dos posiciones, algo así como lo conservadores y los liberales, donde obviamente en la primera es actor principal la Iglesia.

Mucho se ha escrito sobre si la religión es o no un fenómeno decisivo para la cohesión social. Los que están en el primer grupo diríamos que avalan esta tesis. En cambio, la tesis liberal rechaza la fe, porque a su juicio se han convertido muchas atrocidades y barbaries utilizando su nombre. El mismo tema hizo una vez que Agustín Squella propusiera una sociedad construida sobre una moral laica (no religiosa) como mejor arquetipo de comunidad.

Pero...¿Es que podemos vivir sin Dios?


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