Si
la Iglesia somos todos, y todos somos distintos,
¿Por qué negar un debate que es
necesario para discutir, desde nuestras diferencias,
los dogmas y las prácticas que deseamos
respecto de la fe en Dios?
Hace
poco, entre el revuelo mediático provocado
con la canonización del ahora santo padre
Alberto Hurtado, vi por televisión una
miniserie preparada especialmente por el canal
del angelito con la vida del sacerdote previa
a su investidura. Su niñez, adolescencia
y vida universitaria se mostraba en esa cinta.
¿Para
qué esto?, se preguntará. Bueno,
resulta que la misma miniserie evidenciaba un
momento culmine en la resolución vocativa
del santo chileno. Un joven Hurtado llega decidido
ante un sacerdote ya adulto (cuyo nombre no
recuerdo) comentándole que estaba decidido
a ser cura. Le dijo que estaba preparado para
consagrarse a Dios en el encierro, orando mucho.
Su confesor -después de escuchar con
atención- le dice: "Alberto, el
mundo está afuera. ¿Para qué
encerrarte? Las cosas que hay que hacer están
en la calle".
Asertivas, por decirlo menos, son las palabras
del mentor vocativo. Sin duda, grafica mejor
que ninguna otra frase la razón de por
qué la Iglesia Católica está
donde está. Le pasó lo mismo que
al Hurtado joven, que quería encerrarse
entre cuatro paredes a rezar por la salvación
del mundo. La diferencia está que entre
mientras al santo alguien lo remeció
integrándole a un mundo desconocido,
a la Iglesia no se le ha podido revitalizar.
La crisis del catolicismo está en que
prefirió tomar un rol pasivo frente a
los cambios. Fue más cómodo seguir
rezando en las cuatro paredes del templo, rogando
por la salvación del mundo, dando el
1% o haciendo caridad, que alzar la voz y entablar
un debate respecto al mundo evangelizador que
estamos conformando. En nuestro país,
según el Censo del 2002, el 70% de la
población se considera católica;
sin embargo, temas sociales y éticos
como el divorcio o el aborto, que son totalmente
repudiados por la eclesiología, son aprobados
por un alto porcentaje de los autocalificados
como católicos ¿Qué pasa
entonces con la Iglesia?
La Iglesia prefiere hacer oídos sordos
a los cambios desencadenados principalmente
gracias a los efectos del proceso de globalización.
El replanteamiento valórico está
afuera de la agenda eclesiástica. No
es del todo extraño tampoco. Si por medio
de la fe católica se trata de unificar
a un número no menor de millones de millones
de personas alrededor del mundo, dejar un espacio
para la refutación de algunas prácticas
podría ser catastrófico y opuesto
a la dogmatización que se quiere establecer.
Es menos problemático hacer la vista
gorda y seguir. Y eso se hizo. Se miró
el ombligo. Y tanto lo hizo que aún no
puede despegar sus ojos de él. Prefiere
teorizar sobre la fe, la doctrina o las prácticas;
hacer investigación; concentrarse en
la enseñanza de los dogmas; rezar entre
las cuatro paredes. ¿Acaso no es la misma
pasividad del Alberto Hurtado joven?
Como bien señalaba un autor, se nos pide
que oremos por aumentar las vocaciones sacerdotales,
cuando sería más fácil
permitir el ingreso de mujeres a los sacerdocios.
La Iglesia católica insiste en mirarse
el ombligo sabiendo que esta en crisis. Y no
es una crisis de la iglesia con su entorno,
es también una que se vive dentro de
ella. Los que se muestran un poco más
influenciados por estas temáticas son
rápidamente "cambiados de cargo".
La mayoría de las cosas tiende a la descentralización,
pero en ella se insiste en la unificación
del poder. Y es que al Iglesia es también
poder, aunque muchas veces no se quiera reconocer.
Parte, entonces, de esta dominación sin
derecho a réplica esta influida por la
necesidad de imperiosa de ser líder unificador
mediante la fe. Sin cuestionamientos, sin preguntas,
sin retroalimentación. Hay que conformarse
con un sí porque sí; un hacer
porque ella lo dice.