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La
calle República era intransitable en los peores momentos
de la dictadura. Como "El Triángulo de las Bermudas",
era conocido el sector que reunía a varias casas del antiguo
barrio santiaguino, todas comunicadas con el Cuartel Central ubicado
en el número 517 de dicha calle. Para quienes hacían
labores clandestinas existía expresa recomendación
de no pasar por el sector, que además incluía los
accesos por Gay, Domeyko, Gorbea, Grajales y Toesca. Si bien muchos
prisioneros pasaron por estos centros de detención y tortura
transitorios, muy pocos logran reconocer su estadía en ellos,
probablemente porque son muy escasos los sobrevivientes.
Un
caluroso atardecer de diciembre nos dirigimos, llevados por una
mano amiga, hacia un barrio de tenebroso recuerdo para hacer una
"visita guiada" a uno de los más siniestros cuarteles
de la CNI. Se trataba de la gran casona signada con el número
517 de calle República y otros dos centros de tortura, ubicados
en diagonal por la acera oriente en las casas 580 y 584.
Para
llegar debimos cruzar entre cientos de jóvenes que caminaban
hacia la Alameda con rostros preocupados por los exámenes
de fin de año, lo que ahora se conoce como "barrio universitario"
por la gran cantidad de sedes de universidades y centros de formación
técnica privados que se han instalado allí.
Ingresamos,
con el estómago apretado y un inmenso escalofrío,
al Cuartel Central de la CNI. La tarde ya terminaba y las sombras
de la noche comenzaban a apoderarse del gran patio interior, el
que atravesamos para recorrer instalaciones donde de seguro hubo
dormitorios colectivos, salones de clases, computadores, escritorios,
un casino, un cuarto de guardia. Un portón, alto y negro,
daba hacia Toesca -parecía ser la salida rápida para
los operativos. Frente a esta salida se ubican otras dos casas antiguas
que pertenecieron a la Central Nacional de Informaciones.
Bajamos
a un subterráneo, que muestra en sus muros evidencias de
una gran cantidad de cables de alta tensión instalados al
interior de gruesas mangueras de goma, en canaletas plásticas
o despreocupadamente sobre la misma muralla. Grandes tableros eléctricos,
llenos de interruptores, nos acompañaban en cada sector del
recorrido. Algunos tenían lecturas de "Cortar entre
21:00 y 08:00 horas", "No cortar, cámara frigorífica"
y "No cortar, Depto. VIII"; otros estaban directamente
conectados a gruesos cables con final impreciso, pues se notaba
que un gran contingente de personas procedió a destruir conexiones,
sacar enchufes, eliminar vestigios del pasado.
Encontramos
también puertas y ventanas tapiadas con ladrillos, madera
y metal. Salas que pudieron ser espacios de interrogatorio y tortura.
Otras más pequeñas, con una sola puerta y sin ventanas,
probablemente destinadas a la reclusión.
En
el sector de entrada -de tres pisos con largos pasillos, salones
y oficinas-, aún está el logo del DINE pintado en
un muro. Una escalera escondida conduce a un altillo, donde encontramos
oficinas pequeñas con evidencias de haber albergado archivos
y escritorios. También está la sala de armas, que
aún conserva numerados los espacios para fusiles y marcados,
gracias a la falta de aseo, los lugares que ocupaban pistolas y
revólveres.
Un gran mapa ocupaba toda la extensión de un muro, carpetas
sin su contenido original regadas por el suelo sólo mantenían
las lengüetas con textos como "BIGGIN", "SOINTEL"
o "Labor, BARIK". Un gran salón, con ventanal que
mira hacia las casas de Toesca, exhibe instalaciones eléctricas
que salen desde el cubrepiso cortado para tal fin, marcas que permiten
presumir la ubicación de una docena de escritorios.
En un rincón, al que no llega luz natural, se observa otra
instalación eléctrica sobredimensionada para una oficina
normal y el piso es de cerámica, sin alfombra, rayado por
patas metálicas de muebles extendidos.
Al cruzar a las otras casas, ingresamos por un portón metálico
que rechinó al abrirse. Los frontis simulan castillos, con
gruesos muros y ventanas pequeñas, llenas de barrotes.
En medio del patio se ve una pequeña piscina sin agua, grandes
plantas cubren la entrada a unas oficinas separadas, hechas en madera,
que muestran sus ventanas tapiadas por elementos desconocidos. Otra
casucha, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho, deja ver
tras los vidrios una pared de ladrillos. Ambas propiedades, de tres
pisos, están comunicadas por una puerta que une los patios
traseros. Una de ellas esconde un cuarto piso que no se observa
a primera vista desde el exterior. En esta misma casona, una escalera
estrecha nos lleva hasta el subterráneo que oculta una tenebrosa
celda, sin ventanas, con muros de cemento sin pulir, pintada a la
rápida como varias otras instalaciones. Un clavel rojo tirado
en su piso nos estremece. Alguien dejó una muestra última
de humanidad en otra visita subrepticia como la nuestra.
Un
ascensor recorre los cuatro pisos desde el subterráneo, su
techo muestra restos de algo que parece ser sangre y que, evidentemente,
no es grasa. La imaginación vuela instalando a un prisionero
para ser apretado por el armatoste de fierro. Una seguidilla de
salas nos hacen revivir el espanto, todas con sus ventanas tapiadas,
todas con instalaciones eléctricas, todas desarmadas para
ocultar lo inocultable.
Pasaron dos horas desde que llegamos al 517. Para nosotros fueron
breves minutos cargados de historia, de pena, de sensaciones encontradas.
Volvimos caminando hacia la Alameda, aún recorren la calle
República numerosos jóvenes de aspecto universitario.
Un grupo de técnicos prepara el escenario para la transmisión
del show del barrio universitario para la Teletón. Un clavel
se quedó, rojo como la memoria, en el piso de aquella celda
de incontables prisioneros.
Por Julio Oliva García y Jorge Zúñiga
Fuente: El Siglo.cl |
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