Reconocer estos lugares, detenerse un momento frente a ellas, además de reconocer un pasado oscuro, es tener un mínimo de respeto por los que por ahí pasaron o desaparecieron.


Una creciente amnesia nos ha estado inundando desde hace un tiempo y la inmediatez que nos rodea nos hace comportarnos como caballos de carrera, con la vista solo hacia adelante, no tenemos tiempo para nada, ni siquiera para mirar a los lados.

Es aquí donde se desarrollan miles de historias paralelas a las nuestras y lugares llenos historias que no vemos. Uno de estos lugares son las casas o espacios que se ocuparon como centros de detención y torturas durante la dictadura, estos lugares (alrededor de 1.500) están diseminados a lo largo de todo chile, pasamos a su lado todos los días,caminando en micro o en el auto, hoy son empresas, establecimientos comerciales, institutos y algunos están en estado de abandono o por ser demolidos. Estos lugares que están “desapareciendo”, son testigos mudos de las atrocidades que se cometieron contra compatriotas, personas que quizás a diario pasan por fuera sintiendo que su pasado no es reconocido. Reconocer estos lugares, detenerse un momento frente a ellas, además de reconocer un pasado oscuro, es tener un mínimo de respeto por los que por ahí pasaron o desaparecieron.

Con respecto a la función que cumplían estos lugares, estos era exclusivamente lugares de aplicación de torturas a los prisioneros políticos de la época, eran incluso más temibles que los campos de concentración, aunque es estos lugares también se torturaba, cumplían mas una función de albergar, mantener y disponer de los prisioneros de “manera más efectiva”. Estos lugares eran, por ejemplo el Estadio Nacional, El estadio Chile, 4 Alamos, Tejas Verdes, Villa Grimaldi ,etc, todos estos solo en santiago, en provincia existían muchos más.

En Santiago las más conocidos y “concurridos” fueron: José Domingo Cañas, londres # 40 hoy #38, villa grimaldi, y las de calle República (ver fotografias(Hoy el flamante barrio universitario de Lavin ). Pasamos frente a ellas a diario, no significan nada para nosotros, nos estamos llenando el alma de olvido, una amnesia corrosiva que nos destruye como sociedad, una herida oculta que nunca sanará.


 
Ayer vi a través de las rejas
Pero no había rejas.
La vi en la guardia
Pero no había guardianes.
Estaba ella, solo ella.
Vi sus pantalones ceñidos a su cuerpo
Y su decisión de pedir permiso para verme.
No le concedieron la visita,
Pero la tuvimos.
Ayer la vi,
Vi sus ojos,
Vi su cuerpo y su decisión.
Estaba ahí,
No había rejas ni guardianes.
Estábamos tu y yo,
Solo tu y yo.

Luis Vitale



 



 
 


MEMORIA DEL HORROR:
Un recorrido por el Cuartel República


 
 
La calle República era intransitable en los peores momentos de la dictadura. Como "El Triángulo de las Bermudas", era conocido el sector que reunía a varias casas del antiguo barrio santiaguino, todas comunicadas con el Cuartel Central ubicado en el número 517 de dicha calle. Para quienes hacían labores clandestinas existía expresa recomendación de no pasar por el sector, que además incluía los accesos por Gay, Domeyko, Gorbea, Grajales y Toesca. Si bien muchos prisioneros pasaron por estos centros de detención y tortura transitorios, muy pocos logran reconocer su estadía en ellos, probablemente porque son muy escasos los sobrevivientes.

Un caluroso atardecer de diciembre nos dirigimos, llevados por una mano amiga, hacia un barrio de tenebroso recuerdo para hacer una "visita guiada" a uno de los más siniestros cuarteles de la CNI. Se trataba de la gran casona signada con el número 517 de calle República y otros dos centros de tortura, ubicados en diagonal por la acera oriente en las casas 580 y 584.

Para llegar debimos cruzar entre cientos de jóvenes que caminaban hacia la Alameda con rostros preocupados por los exámenes de fin de año, lo que ahora se conoce como "barrio universitario" por la gran cantidad de sedes de universidades y centros de formación técnica privados que se han instalado allí.

Ingresamos, con el estómago apretado y un inmenso escalofrío, al Cuartel Central de la CNI. La tarde ya terminaba y las sombras de la noche comenzaban a apoderarse del gran patio interior, el que atravesamos para recorrer instalaciones donde de seguro hubo dormitorios colectivos, salones de clases, computadores, escritorios, un casino, un cuarto de guardia. Un portón, alto y negro, daba hacia Toesca -parecía ser la salida rápida para los operativos. Frente a esta salida se ubican otras dos casas antiguas que pertenecieron a la Central Nacional de Informaciones.

Bajamos a un subterráneo, que muestra en sus muros evidencias de una gran cantidad de cables de alta tensión instalados al interior de gruesas mangueras de goma, en canaletas plásticas o despreocupadamente sobre la misma muralla. Grandes tableros eléctricos, llenos de interruptores, nos acompañaban en cada sector del recorrido. Algunos tenían lecturas de "Cortar entre 21:00 y 08:00 horas", "No cortar, cámara frigorífica" y "No cortar, Depto. VIII"; otros estaban directamente conectados a gruesos cables con final impreciso, pues se notaba que un gran contingente de personas procedió a destruir conexiones, sacar enchufes, eliminar vestigios del pasado.

Encontramos también puertas y ventanas tapiadas con ladrillos, madera y metal. Salas que pudieron ser espacios de interrogatorio y tortura. Otras más pequeñas, con una sola puerta y sin ventanas, probablemente destinadas a la reclusión.

En el sector de entrada -de tres pisos con largos pasillos, salones y oficinas-, aún está el logo del DINE pintado en un muro. Una escalera escondida conduce a un altillo, donde encontramos oficinas pequeñas con evidencias de haber albergado archivos y escritorios. También está la sala de armas, que aún conserva numerados los espacios para fusiles y marcados, gracias a la falta de aseo, los lugares que ocupaban pistolas y revólveres.
Un gran mapa ocupaba toda la extensión de un muro, carpetas sin su contenido original regadas por el suelo sólo mantenían las lengüetas con textos como "BIGGIN", "SOINTEL" o "Labor, BARIK". Un gran salón, con ventanal que mira hacia las casas de Toesca, exhibe instalaciones eléctricas que salen desde el cubrepiso cortado para tal fin, marcas que permiten presumir la ubicación de una docena de escritorios.

En un rincón, al que no llega luz natural, se observa otra instalación eléctrica sobredimensionada para una oficina normal y el piso es de cerámica, sin alfombra, rayado por patas metálicas de muebles extendidos.
Al cruzar a las otras casas, ingresamos por un portón metálico que rechinó al abrirse. Los frontis simulan castillos, con gruesos muros y ventanas pequeñas, llenas de barrotes.

En medio del patio se ve una pequeña piscina sin agua, grandes plantas cubren la entrada a unas oficinas separadas, hechas en madera, que muestran sus ventanas tapiadas por elementos desconocidos. Otra casucha, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho, deja ver tras los vidrios una pared de ladrillos. Ambas propiedades, de tres pisos, están comunicadas por una puerta que une los patios traseros. Una de ellas esconde un cuarto piso que no se observa a primera vista desde el exterior. En esta misma casona, una escalera estrecha nos lleva hasta el subterráneo que oculta una tenebrosa celda, sin ventanas, con muros de cemento sin pulir, pintada a la rápida como varias otras instalaciones. Un clavel rojo tirado en su piso nos estremece. Alguien dejó una muestra última de humanidad en otra visita subrepticia como la nuestra.

Un ascensor recorre los cuatro pisos desde el subterráneo, su techo muestra restos de algo que parece ser sangre y que, evidentemente, no es grasa. La imaginación vuela instalando a un prisionero para ser apretado por el armatoste de fierro. Una seguidilla de salas nos hacen revivir el espanto, todas con sus ventanas tapiadas, todas con instalaciones eléctricas, todas desarmadas para ocultar lo inocultable.

Pasaron dos horas desde que llegamos al 517. Para nosotros fueron breves minutos cargados de historia, de pena, de sensaciones encontradas. Volvimos caminando hacia la Alameda, aún recorren la calle República numerosos jóvenes de aspecto universitario. Un grupo de técnicos prepara el escenario para la transmisión del show del barrio universitario para la Teletón. Un clavel se quedó, rojo como la memoria, en el piso de aquella celda de incontables prisioneros.

Por Julio Oliva García y Jorge Zúñiga
Fuente: El Siglo.cl

 


 
 

 

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