martes 3 julio, 2018
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Recado sobre el Copihue Chileno, Gabriela Mistral

Los “Recados” que Gabriela Mistral escribió a partir de 1934 para diferentes diarios de Latinoamérica y Estados Unidos conforman en su conjunto un panorama de lo que a la Poetiza inquietó, abarcando en ellas  lo social, económico, político, académico y natural. He aquí el dedicado a la flor nacional chilena El Copihue.

La trepadora clasificada con el nombre galolatino de Lapagiere Rosea es primero la sorpresa, luego el deleite de exploradores y turistas que alcancen los bosques del sur de Chile.

Los geógrafos llaman Trópico Frío a la región y, aunque el mote sea contradictorio, corresponde a esas verdades que llevan cara de absurdo: la australidad chilena es húmeda y helada; pero se parece al trópico en la vegetación viciosa y en el vaho de vapor y de aroma. Por eso no hay viajero que alcance a Chile y se quede sin conocer nuestra selva austral, y ninguno tampoco deja la región sin conocer el copihue araucano, hasta dar con él.

Los textos escolares azoran a los niños con este dato: el copihue, indigenísimo, se relaciona, por el nombre con… la emperatriz Josefina Bonaparte. Yo me escadalizo de ello, tanto como los niños, pero son los sabios quienes bautizan: el Adán científico no nace todavía en la gente criolla, y fue un francés quien bautizó a nuestra flor sin mirar a su piel india… Menos mal que Josefina fue una francesa criolla de Martinica… Quédese en los textos escolares el apellido latino; dentro de Chile no se llamará nunca sino copihue, mejor con la h que con la g que algunos le dan (la h aspirada, bien querida del quichua-aymara, es más aérea que la gruesa g; parece el resuello de la cosa nombrada; la acaricia y no la daña). La flor del copihue sube en tramos bruscos de color, desde el blanco búdico hasta el carmín. Las flores rojas llaman a rebato; las rosadas no alcanzan al sonrojo, y las blancas penden de la rama en manitos infantiles. La popularidad se la arrebata el primero en un triunfo que parece electoral; pero yo me quedo con el vencido, es decir, con el copihue blanco y su pura estrella vegetal. La preferencia torera del rojo es la misma que gana el clavel reventón y la rosa sanguinolienta. La Campánula estrecha, más tubo que campana, mima el tacto con una grosura que es la misma de la camelia. El largo suspiro del copihue no se exhala del aire, cae hacia los follajes o hacia la tierra; en vez de erguirse, él se dobla con no sé qué dejadez india, a causa del pecíolo delgadísimo. La lacidad del copihue parece líquida; la enredadera gotea o lagrimea su flor.

Más perseguida que el huemul, la enredadera ya no se haya en la selva inmediata a los poblados ni a las rutas. El buscador tiene que seguirla por los entreveros, pero la encuentra con más seguridad que el dudoso cervatillo chileno.

Echada sobre el flanco del laurel; a veces gallardeando desde la copa y cubriéndola, hallará a la muy femenina, cuyo humor es de esquivarse y aparecer de pronto. A grandes manchas o en festones colgantes, o en reguero de brasas, el copihue estalla sobre los follajes sombríos y para el buscador con sus fogonazos, que suben por las copas corriendo en guerrillada india.

La trepadora rompe la austeridad enfurruñada del bosque austral; lo desentume y casi lo hecha a hablar. El acróbata de los robles y el bailarín de las pataguas, hostiga a sus árboles-ayos, con el torzal de cohetes ardiendo. Menos violentas que las guacamayas, pero en bandas como ellas, las colgaduras del copihue alborotan y chillan sobre la espalda de los matusalenes vegetales.

Me conmueve la metáfora popular que hace de nuestra flor la sangre de los indios alanceados; pero yo no quiero repetirla para no mentirme. El copihue no me recuerda la sangre sino el fuego, el cintarajo del fuego libre y la llama casera: el fuego fatuo y el diurno; el bueno y el malo; el fuego de todos los mitos.

La enredadera tábano, picando la selva, hace trampas como todos los espíritus ígneos: es el duende escapado por los follajes, es el trasgo burlador y también la salamandra ardiendo. ¡Qué santones impávidos resultan los arbolotes mordidos aquí y allá por las pinzas rojas que los atan y desatan en su alambrería abusadora! A veces se ven el alerce o el canelo igual que Gullieveres mofados de la trepadora que los zarandea por las greñas.

¡Mañosa y linda fuerza la suya! Aunque apenas garabatea al gigantón con su raya, atrapa los ojos y hace olvidar al árbol entero. En cuanto lo divisan el niño o la mujer, ya no miran al tutor sólo al intruso que se balancea en lo alto, medio lámpara, medio joya. Razón que les sobra: únicamente en la orquídea el Dios cincelador hizo más y mejor que en el copihue de Chile.

(Y estas dos parásitas próceres que corren su maratón de campeones florales, coinciden en la gracia de su elegancia y en la desventura de carecer de olor).

El copihue maravilloso y maravillador ha debido creer sus mitos; es seguro que anduvo del Bío.Bío al Bueno en cantos de amor y de guerra que desaparecieron. Cuando el indio pierde la tierra, lo demás se va con ella o se arrastra un tiempo sobre el polvo antes de acabarse.

Los poetas celebran constantemente la escarapela botánica y nacional. El penquista suele decir: “Verdugo Cavada dijo al copihue y Pérez Freire lo hizo cantar”. Así es. El mejor de nuestros músicos populistas puso melodía a los copihues y creó una canción que corre de boca en boca desde la Patagonia a las islas Aleutianas.

Después de la canción afortunada han llovido las honras sobre la enredadera austral; los maestros rebosan lo botánico contándola en su regusto de amor, y predican la flor local en una especie de catequización patriótica. Los lápices infantiles se regodean en su forma, y el copihue se hombrea en los cuadernos de dibujo con la bandera nacional, repitiendo uno de sus colores y hasta en competencia con su estrella.

En poco más llegará a los estudios y los auditoriums de las Universidades a coronar a campeones y togados en los días de solemnidad. Las musas de Lúculo servidas en los banquetes oficiales ya la tienen por sendero o “pasarera” o franja de sus manteles (Tanto como el copihue resulta inhábil para búcaro y ramo, es válido para guirnalda, más que esto, él es la guirnalda natural y por excelencia lograda sin la rosa clavadora y sin jazmín duro de arquearse.

Esta pasión está bien fundada como el buen amor; el copihue tuvo la humorada de nacer y darse sólo allí, en la extremidad chilena, donde el globo terrestre se encoge sobre ella, y antes de acabar se angeliza en helechos, musgos y copihues asustados, con su fuego a las nieves vecinas. (Así asustarían a Magallanes las fogatas del último Estrecho).

Procuré decir mi copihue indio, y decirlo por regalárselo a quien lea, y me doy cuenta al terminar de la inutilidad del empeño. Nadie da en palabras, ni la flor ni la fruta exóticas. Cuando un mexicano me contó en Chile de su mango de oro, yo no recibí contorno ni jugo de la bella drupa, y aprender sólo es recibir, cuando en Puerto Rico me alabaron la pomarosa, tampoco entró por mi boca el bocado oloroso ni crujió entre mis dientes. Es la voluntad de Dios que cada fruta y cada flor sean iniciaciones directas. “Saberlas” quiere decir aspirarlas y morderlas, y como para mi la novedad de cada especie frutal o floral vale tanto como la de un país, y nada menos, digo a quien leyó, que, si desea tener al copihue chileno, vaya a verlo a Cautín, y no lo compre en las estaciones de ferrocarril, sino que llegue hasta el bosque y lo desgaje allí mismo con un tirón ansioso. No vaya a creer que supo algo porque leyó dos páginas acuciosas e inútiles de la contadora que hizo este Recado en vano.

Autor/Fuente
Gabriela Mistral, Pensando a Chile. Una visión esencial sobre nuestra identidad. Cada uno de sus textos, cartas, recados y poemas nos permiten reconocer y reconocernos, en una historia común, un espacio de configuración crítica y un orgullo natural por Chile
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