viernes 13 febrero, 2009
Etiquetas: ,

Los balnearios y sus poetas

Cartagena, Las Cruces e Isla Negra

El balneario más popular de Chile tomó su nombre de Juan de Cartagena, que a principios del siglo XVII se hizo propietario de la hacienda de San Antonio. Antes de la llegada de los españoles, todas esas tierras eran de los changos que obedecían al cacique Huechún.

Hacia mediados del siglo XIX los descendientes de los changos todavía habitaban la amplia playa que se extiende entre Cartagena y Las Cruces. El historiador José Toribio Medina salía a caminar por esa playa recolectando los vestigios de aquellos pueblos indígenas que vivían de la pesca. Con el material que logró reunir publicó uno de los primeros artículos antropológicos hechos por un investigador chileno.

Se dice que para la Guerra del Pacífico hubo levas en la región. Algunos de los changos fueron enrolados, otros escaparon hacia el interior. Así fue quedando cada vez más deshabitado ese litoral, que posteriormente sería redescubierto y sobrepoblado como balneario.

Almuerzo en La Marqueza

Antes de que existiera el tren a Melipilla, los veraneantes llegaban a esta ciudad en carretas y caballos, después de siete u ocho horas de viaje. Al día siguiente se internaban por las cuestas de la cordillera de la costa, para almorzar y cambiar caballos en la Marqueza. Este fundo es parte de la historia literaria de Chile. Perteneció al novelista más original de nuestro país, Pilo Yánez, también conocido como Juan Emar.

Para escribir su novela Gran señor y rajadiablos, Eduardo Barrios se empleó como administrador de La Marqueza. Así pudo conocer de cerca el mundo rural chileno.

En ese mismo fundo se recibió a varios de los republicanos españoles que llegaron al país después de la Guerra Civil. Este fue el tema de una novela que tuvo gran éxito en Chile y los Estados Unidos a principios de los años 90: El Paraíso de Elena Castedo.

Cuando el tren llegó hasta Melipilla el viaje se acortó mucho y más aún cuando, en 1911 la vía férrea se extendió hasta el llamado Puerto Viejo de San Antonio, donde se habían construido rompeolas, pequeños muelles y embarcaderos para una incipiente actividad portuaria. Desde ahí podía seguirse en carreta a Cartagena. Esta vez el viaje debía hacerse con tiros de a lo menos cuatro caballos, ya que era necesario subir una cuesta empinada por un precario camino de tierra.

Se abren dos espacios

En 1922, el tren llegó por fin a Cartagena. Desde allí hasta Las Cruces, se construyó, por la playa, un ferrocarril de tracción animal. Con el tiempo los caminos que unían al litoral con Santiago también fueron mejorando. Tanto así que en febrero de 1927 se realizó una carrera de autos entre la capital y Cartagena. El ganador, Aladino Azzari, hizo el trayecto en casi el mismo tiempo que demoramos hoy por las supercarreteras.

Al abrirse la comunicación con el litoral se construyeron allí dos espacios: uno ritual y otro mítico. El primero fue el balneario que es una forma de ritualidad social y de vida veraniega. Por otra parte, los artistas y escritores comenzaron a construir el mar y el paisaje costero: acantilados, roqueríos, marismas, como un espacio mítico que desde entonces ha llenado muchas páginas y telas.

La facilidad del traslado alentó no sólo a los veraneantes, sino a artistas y escritores que podían desplazarse entre Santiago y el litoral, y convertir a éste en un espacio para la reflexión y la creación.

Poetas tutelares

Uno de los primeros poetas que parte a habitar el litoral es Manuel Magallanes Moure. En Cartagena escribe su libro La casa junto al mar, que aparece en 1917.

El pintor Juan Francisco González iba Las Cruces todavía rural. Su hija mayor, Jimena, recuerda que pasaban los veranos allí, en un fundo de su abuelo. El padre iba a verlos los fines de semana. Con prismáticos los niños veían bajar su coche por la cuesta de San Antonio. En cada temporada pintaba tres o cuatro cuadros. Salía a caminar y cuando encontraba algo que le gustara lo pintaba, fuera un paisaje marino o algún campesino con los que entablaba amistad rápidamente.

En el litoral central de Chile hay balnearios que tienen a un poeta como genio tutelar. Es el caso de Isla Negra, que era una playa salvaje y de difícil acceso, cuando Pablo Neruda llega a ella, en 1938, buscando un lugar donde dedicarse a escribir su libro Canto general. Entonces Isla Negra se llamaba Las Gaviotas. Eladio Sobrino, un marinero español que al perder su barco en Punta Arenas decidió quedarse en Chile, había levantado allí unas rústicas casas de piedras. El poeta compró una de ellas. En su libro Una casa en la arena, reconstruye poéticamente la casa y el paisaje del entorno.

El recordado grupo de Los Diez, que dirigía Pedro Prado, hizo planes para construir una torre en Las Cruces. De esta sólo quedan los planos que hizo Julio Bertrand Vidal.

Pero el genio poético de Las Cruces es Nicanor Parra.

Parra se instaló a vivir en una de las casonas tradicionales del balneario, a la que se conocía como “El castillo negro”. Era una impresionante edificación de madera, íntegramente forrada en tejuela, con tres niveles en el volumen principal y cinco en la torre. La construyó el arquitecto Héctor Hernández para Rodolfo Marín, intendente de Colchagua en 1919. El castillo negro estaba inspirado en el pintoresquismo que tanto influyó en la arquitectura de los balnearios chilenos a principios del siglo XX. Desafortunadamente un incendio consumió íntegramente esta edificación. Entonces el poeta se trasladó a vivir a la casa del lado, desde la que domina la playa chica.

En la primavera del 2004 se celebraron, en Las Cruces, los noventa años de Nicanor Parra, con noventa campanadas en la iglesia -que es obra del pintor y arquitecto Pedro Subercaseaux- y noventa volantines encumbrados en la playa.

Vivir y morir en Cartagena

El genio poético tutelar de Cartagena es Vicente Huidobro.

El 24 de septiembre de 1947, pocos meses antes de morir, Huidobro le contaba a su amigo, el poeta español Juan Larrea, que se había quedado con parte de una hacienda de sus padres y abuelos, a la orilla del mar. Ahí vivía en paz, arreglando el parque de la sencilla casa rural.

El poeta solía invitar a sus amigos a esta casa en Cartagena. Entre los visitantes frecuentes estaba Eduardo Anguita, que encantaba a Vladimir -hijo de Huidobro- con el cuento de que el subsuelo del balneario era un mundo poblado por duendes.

Volodia Teitelboim, en su biografía Huidobro, la marcha infinita, señala que al regresar por última vez de Europa, ya en la etapa final de su vida, el poeta se retiró a ese pedazo de la hacienda de la familia. Le gustaba salir a dar largos paseos a caballo, acompañado por sus perros.

Huidobro viajaba en tren desde Santiago y llegó hasta la estación de Cartagena en los últimos días de diciembre de 1947 para pasar allí el año nuevo. Como de costumbre se fue a pie y cargando su maleta, hasta su casa ubicada en la parte más alta del balneario. Tal vez el esfuerzo le provocó, poco después, un derrame cerebral.

Su biógrafo, Volodia Teitelboim anota que fue un año nuevo nefasto. El poeta estaba postrado, debatiéndose entre la vida y la muerte, cuando comenzaron a llegar los invitados a la fiesta.

Eduardo Anguita contaba, poco después, que con el repicar de las campanas y los estallidos de los fuegos artificiales, Huidobro se había incorporado en la cama, inquieto. A ratos no reconocía a las personas y decía tener miedo, sin saber de qué.

El poeta murió en su casa de Cartagena, la tarde del viernes 2 de enero de 1948. Un alcalde prestó una tumba en el Cementerio de los Pescadores para que se lo sepultara provisoriamente. Más tarde se lo trasladaría al lugar que él mismo había elegido, en el terreno de su casa.

En uno de los artículos recogidos en el libro Pretérito presente, Alone relata lo que él mismo llama la “ceremonia triste, patética, rara, desolada y tan terriblemente significativa” de los funerales del poeta: “aquel cortejo, esa marcha interminable tras un furgón hermético: misterio pintado de negro. Bajar hacia el mar desde la falda de las colinas y seguir por senderos de arenas, por dunas, por eucaliptus…”.
  
El cortejo llega por fin a un cementerio mínimo, escondido detrás de las casas. Cuesta entrar el ataúd por la puerta estrecha: “Cuando quieren depositarlo en el nicho no cabe. Imposible. Miran entonces alrededor y divisan por allá un hueco desocupado”. Una voz dice que es de Fulano y otra replica que ese no piensa todavía en morirse, así es que miden la boca del nicho y el ancho del ataúd con una rama, y al comprobar que entra, lo dejan allí.

Concluye Alone su artículo, observando que Huidobro, que había juzgado estrecho y mezquino el escenario que le ofrecía su país natal, por una incongruencia muy suya, “marchó escoltado por huasos del fundo hereditario hasta el menos exótico de los sepulcros chilenos”.

Cuentan los trabajadores que cuando se retiraron los restos del poeta del nicho aquel donde lo habían dejado, apareció una banda de cerca de medio centenar de jotes que siguieron al ataúd durante todo el trayecto del traslado a su tumba definitiva.

Así, Huidobro se quedó para siempre en Cartagena. Se tejieron muchas leyendas a su alrededor. Decían, por ejemplo, que se aparecía en las noches como jinete fantasma. Volodia Teitelboim hace notar que, tomando en cuenta los estudios de ocultismo que el poeta hizo en París y algunas de sus obras donde explora los mundos sobrenaturales, tal vez no le hubiera extrañado ni desagradado convertirse en superstición local.

A Cartagena se retiró también a vivir el escritor Luis Enrique Délano. Su casa, cercana a la hoy destruida estación de trenes, fue heredada por su hijo Poli Délano, que se convirtió en uno de los principales animadores de un grupo de amigos del balneario, que en los años 90 organizó memorables festivales artísticos y culturales en Cartagena.

El pintor y escritor Adolfo Couve, también eligió vivir y morir en Cartagena.

Dicen que la infancia es la patria de los poetas. Tal vez la segunda patria sea algún balneario.

Galería
separa_entrada