lunes 31 mayo, 2010
Etiquetas: ,

La naturaleza jamás olvida los efectos de la desidia

Desde el día que leímos ésta columna nos pareció oportuna darla a conocer pues que ha dejado al descubierto la inoperancia de ciertas instituciones y el aprovechamiento de otras. Por ello es importante que cada uno de nosotros comience a ser sensor de éstas y desde ahí también de los propios actos para poder dar el paso que desamos hacia una mejor sociedad.

Sin duda, el hombre es una imperfecta obra de Dios.

Por este error del creador, nuestra especie se encuentra regida por leyes diseñadas para ser transgredidas por los mismos que las redactan.

Desidia significa negligencia, dejadez…Las malas prácticas políticas impiden que Chile entre a la pléyade de países desarrollados, teniéndolo todo para serlo, excepto la inteligencia del hombre.

En 1929, el gobierno y la Municipalidad de Santiago decidieron destruir el portentoso espacio cultural de reminiscencias renacentistas -y estatuas griegas en su interior- que enfrentaba a la Casa Colorada para abrir la calle Phillips, donde vivió el Presidente Jorge Alessandri, pero que hoy es un abyecto rincón en el centro de Santiago, donde se expenden fritangas de pollo, se venden carteras y calzones y además, bajo el piso, existe un estacionamiento para autos; he venido creyendo que “el hombre moderno” ha nacido para destruir lo creado por generaciones pasadas.

También han sido destruidas maravillosas mansiones en los barrios de calles República, Toesca, Carrera, otrora zona residencial de alcurnia; durante la bonanza económica del salitre, sus dueños acudían a la vieja Europa, contrataban arquitectos famosos de esas tierras y traían maderas regias, mármol de Carrara y ornamentos interiores fastuosos para construir sus viviendas.

Todo ese fasto, esa belleza arquitectónica ha sido arrasada por la desidia de quienes nos han gobernado desde entonces.

He hablado en varias ocasiones del Palacio Pereira, enclaustrado en el centro cívico de Santiago; joya arquitectónica que ningún gobierno ha tenido la lucidez de recuperar. Ha resistido varios terremotos y sigue enhiesto.

En cambio, el último e infernal sismo de hace cuatro días puso por tierra o ha hecho inhabitable un sinnúmero de construcciones de cartón piedra con las que los empresarios han engañado a los gobiernos; y éstos a los ciudadanos.

El Ministerio de Obras Públicas ha sido uno de los organismos fiscales peor evaluados.

Con cientos de técnicos, ingenieros y personal administrativo, no fue un ente controlador, dejó ser a los contratistas y a los empresarios, no hizo su tarea de evaluar el curso de las obras y de allí que los puentes se cayeran antes de ser inaugurados, que las casas para los pobres se inundaran a la primera lluvia, que viéramos las puertas interiores de cartón y tabiques de yeso y las estructuras de alambre de los edificios entregados hace cinco y dos años, que la Alameda tenga que ser repavimentada una y otra vez y que las onerosas y nuevas carreteras se convirtieran en abismos.

Esto también nos muestra la desidia de las municipalidades, del Ministerio de la Vivienda.

En cambio en este “Shile” hoy lacerado prevalece la brutal y decadente frivolidad del Festival de Viña del Mar. La naturaleza nos muestra el camino, pero también nos da el castigo.

Autor/Fuente
Martín Huerta/ La Nación Escrito el Martes 2 de marzo de 2010 | Blog Columnistas
separa_entrada