El Cantar de la Lluvia

Eran ya las diez y había estado lloviendo hace horas. Estaba sentado en la cocina oscura, en la silla que tuvo que arreglar esa misma tarde. El olor a pegamento había cedido ante el olor de la lluvia.
Miraba el servilletero, como proyectaba su desfigurada sombra sobre la mesa. Pese a que sentía un poco de frío en las canillas, no tenía ganas de cerrar la ventana. Sentado ahí en la semi-oscuridad, escuchaba como pasaban los autos en la calle mojada, se imaginaba los techos que podría ver si se asomara a la ventana: techos de fibrocemento, de zinc, con tejas viejas, ladrillos, tubos de metal y otros desechos tirados encima. Si fuera por él, si él pudiera decidir qué ver desde su departamento, aquellos techos estarían limpios de basura; no tendría que mirar ese desorden gris todas las mañanas, todas las tardes, día tras día. (más…)




Han transcurrido muchos años desde que dejamos de jugar al baloncesto con Viñuelas y a pesar de eso, que al fin de cuentas no es otra cosa que la vida, cada vez que paso frente a su quiosco de golosinas me detengo a conversar con él para recordar los partidos de antaño, su inolvidable minuto feliz, aquella noche en que sin preocuparse de la nieve que cubría las calles, los hinchas llegaron a presenciar la final del campeonato regional. Añoranzas, anécdotas repetidas, carcajadas que inevitablemente cierran el círculo de la evocación hasta el próximo encuentro. Cosas de viejos, como nos dicen nuestros hijos, cuando nos ven salir de las casas rumbo a la reunión mensual del club, en las que habitualmente se discute sobre el valor de las cuotas sociales y los jugadores más jóvenes nos miran de reojo, sin creer del todo que esos tipos gruesos y canosos sean los responsables de la copa más reluciente que ostenta la vitrina de trofeos del club. 
